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El proyecto empresarial

3 octubre, 2013




proyecto empresarial

Para que el emprendimiento prospere a mediano y largo plazos se requiere empuje, información y formación suficientes, no sólo para hacer un proyecto creíble, sino para permanecer en un mercado competitivo.

La búsqueda del autoempleo ya no es algo circunstancial para aquellas personas que tienen recursos mentales para visualizar planes y futuros.
El liberalismo económico no ha logrado mejorar el nivel de vida de la generalidad, pero si ha transformado las reglas del empleo. La apertura para obtenerlo, la estabilidad dentro de él y la lealtad empleador – empleado parecen esfumarse.
De esta manera, una buena proporción de quienes van comenzando su carrera productiva, prefieren invertir sus mejores años en construir un proyecto productivo, antes que estar saltando entre empresas en busca de una colocación con posibilidades de ascenso.
Emprender equilibra los momios a largo plazo entre el grupo de los egresados de universidades y carreras de élite, y los que proceden de escuelas públicas o no concluyeron sus estudios universitarios. Para ser provechosamente reclutado es una gran ventaja pertenecer al primer grupo; para emprender, las ventajas podrían estar del otro lado.
El problema es que, asumir la responsabilidad de convertirse en el generador de nuestro propio empleo, y del empleo de otros, no es algo de la mayor simplicidad.
Para que el emprendimiento prospere a mediano y largo plazos – lo que estamos buscando no es una forma de aprovechar la Navidad, sino un patrimonio sólido – se requiere contar con empuje, información y formación suficientes, no sólo para hacer un proyecto creíble, sino para permanecer en un mercado agresivo.

Algunos autores, para estimar las probabilidades de éxito de las personas, definen un perfil poseedor de ciertos atributos de carácter, como confianza en sí mismo, constancia, capacidad de autocrítica, creatividad, liderazgo, etc. Sin embargo, más allá de los genes, emprender es un desafío de futuro incierto, independientemente de los recursos personales.
La verdad es que, el único determinante para emprender es querer hacerlo y aportar los recursos necesarios. No estamos hablando solamente de los recursos financieros, pues antes que estos se vuelvan relevantes, el emprendedor necesitará construir un plan con posibilidades de funcionar.
Indudablemente que dentro del inventario de recursos habrá que descubrir cuales atributos de nuestro perfil personal facilitarán la tarea, y cuales la van a entorpecer; pero más allá del perfil, el éxito va a depender del momento en que se encuentre su experiencia de vida y de las características de su escenario próximo.
En suma, prescindiendo de lo irrelevante, yo reduciría a tres los atributos internos básicos para hacer empresa: Motivación, aptitud específica y voluntad para el razonamiento objetivo.

Motivación

Es la parte más subjetiva e inexplicable; pero a la vez, es la planta generadora de energía. Puede identificarse como ilusión, esperanza, necesidad de cristalizar un sueño o de compensar las privaciones del pasado.
La motivación no se puede modificar por antojo, ni porque alguien lo ordene; “¡Ponte las pilas!” es una de las interpelaciones más vacías que una persona puede dirigir a otra.
En relación con el emprendimiento, la motivación existe o se carece de ella. La persona puede preferir la seguridad de un sueldo, lo cual no quiere decir que el individuo no esté motivado, simplemente que no lo está para emprender.
La ilusión de enriquecimiento rápido se da la maña para semejarse a la motivación empresarial, y se esconde detrás de muchos de los emprendimientos que fracasan.
El individuo realmente motivado para emprender está interesado en el proceso y pone a su disposición la energía mental necesaria para mantenerse a flote bajo circunstancias adversas. Cuando la motivación es sólida y el individuo se visualiza a sí mismo como empresario a largo plazo, resiste a la frustración de enfrentarse una y otra vez a los obstáculos cotidianos.

Aptitud para la tarea específica

Siendo lo más importante, la motivación no lo es todo; es indispensable tener la capacidad para desarrollar la tarea. Estoy hablando de recursos que entrarán en juego ni bien comience la acción.
Lo mejor sería que conociera a fondo la actividad a la que se está orientando, pero si no tiene esa experiencia – la verdad, nadie la tiene – entonces necesitará procurarse la formación que le hace falta.
Digamos que no es lo mismo conocer el oficio, que conocer el negocio. Su novatez podría evidenciarse en cualquiera de las dos facetas – confiemos que no en las dos – así que, resulta necesario equilibrar la balanza.

Tendencia a la objetividad

La objetividad, lisa y llana, fuera de lo puramente matemático, es inalcanzable. Pero puede convertirse en una aspiración sobre la cual trabajemos. Con eso es suficiente.
En tanto que a la motivación no le pediremos razones, es indispensable que el emprendedor no permita que su ilusión se mezcle con las previsiones que habrá de tomar si quiere mantenerse competitivo.
Supongamos que tuviera una especial predilección por la comida y los escenarios hawaianos, tanto que está dispuesto a invertir todo lo que pueda para poner un restaurante de este estilo. Al recurrir al análisis objetivo, tendría que definir cuántas personas en el entorno compartirán esa inclinación, al grado de pagar para sentarse a su mesa con regularidad. De este resultado, y otros similares, depende que el proyecto avance y no de su inclinación a los sabores agridulces.
El enamoramiento con la idea no debe impedir que las decisiones se basen en pruebas de realidad, investigaciones y consultas a expertos.

En conclusión, para sobrevivir los primeros años se requiere que la motivación permanezca generando energía, que la capacitación sea constante y que subsista la voluntad de mantener la objetividad, en cuestiones financieras, de equipamiento, calidad, amplitud del mercado, competencia e incluso de imagen personal.
Bastará que una de las tres falle para que el emprendimiento dé con sus huesos en el suelo.

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